GANDHI
por Javier Moro
El 30 de enero de 1948 fue una tarde bella y apacible
en Nueva Delhi. El màs célebre asiático viviente,
un hombre de inconfundible silueta conocido como el Mahatma Gandhi,
se dirigía a la cita con sus fieles para compartir así
la oración diaria. Mientras caminaba como un ave zancuda por
los jardines de Birla House, una mansión prestada por una conocida
familia india y que le servía de cuartel general, iba refunfuñando.
A Gandhi no le gustaba llegar tarde a su cita con Dios. Alrededor
de este hombre de menuda estatura, de brazos y piernas desproporcionadamente
largos y vestido siempre con una túnica blanca, se formó
un pequeño cortejo y de la multitud subió un afectuoso
murmullo : « Bapuji, Bapuji... » Apóstol de la
paz, Gandhi era adorado por su pueblo, a quien había ofrecido
el màs preciado de los regalos : la libertad. En un mundo desgarrado
por conflictos violentos, él había propuesto la vía
del ahimsa, la doctrina de la no-violencia. Así había
logrado movilizar a sus compatriotas para sacudir el yugo de los colonizadores
ingleses. Gracias a él, una campaña moral había
sustituido a una rebelión armada, la oración a los fusiles,
un despreciativo silencio al estruendo de las bombas terroristas.
El líder político y espiritual de 400 millones de indios
era capaz de exaltar a las masas de su pais, el mas poblado del mundo,
sin levantar la voz. Y el pueblo, siempre que podía, le mostraba
señales de afecto y devoción.
Quizás por eso, ni él ni sus dos sobrinas que le abrían
paso entre la multitud, repararon en la presencia de un hombre de
mediana edad, que se acercó a Gandhi con las manos juntas,
en signo de respeto, murmurando :«Namaste, Gandhiji... »
La sobrina creyó que el hombre quería tocarle los pies
y lo apartó amablemente. Entonces el hombre abrió sus
manos, que no estaban juntas en signo de comunión sino que
escondían un arma, una pistola Beretta, símbolo de todo
contra lo que Gandhi había luchado : el fanatismo, la intolerancia,
el salvajismo. Con el dedo crispado sobre el gatillo, el hombre disparó
a bocajarro tres balazos sobre el pecho desnudo que se ofrecía
ante él. « He, Ram ! Oh, Dios ! » suspiró
el apóstol de la no-violencia al desplomarse lentamente sobre
la hierba, con las manos apretadas la una contra la otra en un gesto
de saludo hacia su asesino.
La película de Richard Attenborough recrea esta escena, una
escena que encierra toda la tragedia de la vida de Gandhi, -que es
tambien la tragedia de la humanidad entera. Con aquel asesinato culminó
un viaje que había durado 78 años, un viaje lleno de
descubrimientos, de revelaciones, de fracasos y de triunfos. Un viaje
que había empezado a principios de siglo en Sudáfrica,
cuando, siendo abogado, luchaba por los derechos de los jornaleros
asiáticos, un viaje que luego continuó por los caminos
de la India, a pie, en bicicleta, en vagones de tren de tercera clase,
en carros de bueyes, descubriendo cada rincón de su pais y
conociendo a su pueblo. Lo visitó todo, hizo la experiencia
de la pobreza, luchó por los campesinos que vivían en
régimen de semi-esclavitud, negoció con los Patanes
de Baluchistán con la misma firmeza con que lo hizo con el
Gobierno Imperial británico. De las aldeas polvorientas a los
palacios del Virrey, su viaje despertó la conciencia de un
pais. Este hombrecillo calvo, que usaba gafas baratas e iba medio
desnudo, que ponía una atención idéntica en la
tarea de confeccionar una cataplasma de arcilla para un leproso que
en la de preparar una discusión con el Virrey, se convirtió
así en una auténtica fuerza de paz capaz de curar las
heridas más profundas, ya fuesen entre explotadores y explotados,
entre hindúes y musulmanes, entre Bramanes de casta alta e
intocables perseguidos. En la India de hoy, desgarrada por el resurgimiento
del fundamentalismo religioso, su mensaje sigue vivo. No hay día
en que un periódico o medio de comunicación no recuerde
al padre de la nación. Un artículo reciente contaba
el método que Gandhi había creado para devolver la calma
y la seguridad a las regiones víctimas de enfrentamientos religiosos.
Era un método típico de su estilo. En cada aldea, buscaba
un responsable hindú y un responsable musulmán dispuestos
a escucharle. Cuando los encontraba, los convencía para que
se instalasen juntos bajo el mismo techo. Ambos se convertían
entonces en garantes de la paz de la aldea. En el caso de que sus
conciudadanos atacasen a la comunidad hindú, el jefe musulmán
se comprometía a emprender un ayuno hasta la muerte. El hindú
hacía el mismo juramento. Gandhi era un viejo profeta inagotable,
con una irreductible confianza en la realidad de los actos concretos.
Muchas ideas suyas que parecían excentricidades de viejo, se
han revelado cincuenta años mas tarde extrañamente adecuadas
en un mundo sobrepoblado, contaminado, amenazado por el agotamiento
de los recursos. Consumir alimentos naturales, renunciar a la producción
de bienes inútiles, recurrir a las plantas medicinales, a una
higiene natural, todas estas lecciones hoy no parecen anacrónicas.
Pero donde su mensaje sigue más vivo es precisamente en la
idea misma de libertad, esa libertad que supo conseguir para las multitudes
de su pais. La India nació como una nación libre y continua
siendo libre. Es un pais donde hombres y mujeres pueden elegir democráticamente
a sus dirigentes, donde los ciudadanos pueden discutir, protestar
y expresarse abiertamente en una prensa libre. La India es hoy en
día la democracia mas grande del mundo. Una quinta parte de
la Humanidad sigue el viaje emprendido en su día por su Mahatma,
su 'gran alma', como las multitudes hambrientas llamaron a su profeta.
Y aunque hoy parece que el mensaje de su vida se ha olvidado, continúa
hoy en los corazones de millones de personas de todo el mundo.