El inmenso subcontinente asiático esconde
un viejo paraíso de las especias, arropado
por canales y aromas de un exotismo irresistible
KERALA ( La India más romántica
)
por Javier Moro
La India sin mendigos. La India tropical, sensual,
suave y acogedora. La India con fuerte influencia cristiana y europea.
La India poblada por sus verdaderos y más antiguos moradores. El
estado de Kerala, situado en el extremo suroeste del subcontinente, parece
un enorme parque mantenido cuidadosamente por algún jardinero divino
que hubiera sido contratado por el dios de las pequeñas cosas.
Es la patria de Arundathi Roy, una región
donde la tierra y el agua se entremezclan, donde la costa rivaliza en belleza
con el interior montañoso y selvático. La gente ocupa casas
y chozas medio sepultadas por palmeras, como en una aldea sin fin. Cuarenta
millones de personas viven en un territorio del tamaño de medio
Portugal entre cocoteros, arrozales e interminables lagunas de agua, llamadas
backwaters y unidas entre sí por canales
artificiales.
Desde que un empresario local llamado Babu Varguese tuviese
la genial idea de transformar las barcazas tradicionales que se utilizaban
para el transporte de mercancías en casas-barco con todo lujo y
comodidades, la experiencia de la Kerala profunda es ahora accesible a
un número cada vez mayor de viajeros extranjeros. ¡Y qué
experiencia…!
TIERRA DE ETERNAS SONRISAS. Es imposible no sucumbir al
encanto de viajar en estos barcos de madera y fibra de coco que parecen
armadillos gigantes, y que cuentan con camarote, baño, cocina y
sobre todo con un espacio en proa para tumbarse y contemplar… Contemplar
la orilla verde esmeralda y rebosante de pájaros, descubrir la arquitectura
singular de los templos hindúes, visitar antiguas iglesias portuguesas,
maravillarse ante la algarabía de un mercado acuático entre
barcazas llenas de montañas de arroz, de fruta y de pescado, saludar
a los niños que agitan los brazos desde el porche de sus viviendas
de madera y darse un chapuzón al atardecer para contemplar desde
la superficie del agua cómo el disco solar se hunde entre las palmeras…
Uno se enamora de Kerala y, como en todas las historias de amor, el flechazo
inicial se transforma en algo más profundo después de tratar
con sus habitantes. Parecen poseer un bien más preciado que cualquier
bien material, una alegría de vivir y una serenidad contagiosas:
ésta es la tierra de la eterna sonrisa.
La práctica totalidad de la población está
alfabetizada. Todas las mañanas y todas las tardes, hordas de niños
y niñas uniformados invaden las carreteras, los caminos y los canales
para ir al colegio.
Recuerdo que el 12 de septiembre se me acercó en
la playa un humilde pescador con la piel negra y curtida.
Llevaba un periódico arrugado en la mano y con
ojos muy abiertos de no entender nada, me preguntó: «What's
the problem?», aludiendo a la destrucción de las Torres Gemelas
de Nueva York. Ni la lectura del periódico ni nuestras explicaciones
parecían calmar la sed de curiosidad de este hombre sencillo pero
culto, que se afanaba en entender lo inexplicable.
UN UNIVERSO COSMOPOLITA. La mentalidad abierta, la tolerancia
política y religiosa tienen su explicación en el comercio
de las especias que expuso la región al contacto con romanos, griegos,
árabes, chinos y europeos. Ya venían por aquí hace
dos mil años, como llegan los turistas hoy, a comprar entre pirámides
de especias. La primera comunidad judía de la India se instaló
en el puerto de Cochin, y misioneros cristianos, antes de la llegada de
los portugueses, ya surcaban las selvas del interior, hoy llenas de plantaciones
de té, de café y de jardines donde crece el clavo,
la canela, el cardamomo, la nuez moscada, la mostaza, el laurel, la pimienta…
Fragancias que se vuelven a encontrar en las esquinas de los pueblos, en
las cocinas de las casas, en los suculentos platos de los restaurantes…
Esta inmensa aldea que es Kerala tiene también
una ciudad que no hay que dejar de visitar. Con sus calles estrechas, sus
viejos caserones portugueses, sus iglesias, su sinagoga, su palacio holandés,
sus anticuarios y su paseo repleto de chiringuitos que sirven el más
delicioso marisco, Fort Cochin tiene un aire familiar y tremendamente exótico
a la vez. La ciudad vive al ritmo lánguido de un pasado colonial
que no parece tan lejano.
Los camareros uniformados del polvoriento y decadente
Yatch Club, amueblado con sillones chester reventados, parecen momias esperando
órdenes de algún fantasma británico que quisiese resucitar
la historia.
Del otro lado de la plaza donde se erige la iglesia más
antigua de la India, la iglesia de San Francisco, el antiguo edificio de
la aduana holandesa ha sido restaurado y convertido en un precioso hotel
por sus dueños, el Malabar House. Ella es española, se llama
Txuku Iriarte. Gran aficionada a la cocina, ofrece en el restaurante un
sinfín de platos que conjugan a la perfección los sabores
indios y españoles. «Aquí la gente tiene el arte de
dar a las cosas sólo la importancia que realmente merecen»,
–dice esta vasca de 42 años que lleva cinco años en Cochin–.
«He aprendido mucho trabajando día a día con la gente
de aquí ».
Kerala romántica, pero también sabia: un
antídoto perfecto contra los males de nuestra civilización.