RAJASTAN
por Javier Moro
La mejor manera de empezar a conocer la India es zambullirse
en la fabulosa provincia de Rajastán. Más que un Estado
o una región, Rajastán es un mundo aparte. O mejor
dicho, es otro mundo.
Por ejemplo, a 30 km de la fortaleza de Ajmer, hay un
templo a orillas de un lago en la pequeña ciudad de Pushkar.
Una vez al año, durante la luna llena de noviembre, se celebra una
feria que reune 200.000 camellos y caballos, el mayor mercado de animales
del mundo, al que acuden caravanas hasta de Afganistán. Al
mismo tiempo es el punto de encuentro de medio millón de peregrinos,
una fiesta como las de la Europa de la Edad Media. Hay que abrirse
paso entre un océano de fieles, entre santones con el cuerpo desnudo
recubierto de ceniza. “ Dame algo, que soy un santo, ” te piden acercándote
la escudilla. Hay ascetas sentados en posturas imposibles, unos con
una pierna detrás del cuello, que han hecho la promesa de mantenerse
así durante toda la vida. Hay malabaristas, domadores
de animales, mercaderes ambulantes, campeones de lucha libre, tiovivos,
carreras de camellos, pitonisas, artesanos de todo tipo. Miles de
familias acampan bajo sus carromatos pintados de colorines, entre los animales
que han venido a vender o a comprar. Un poco más lejos, jinetes
tocados de turbantes rojo y oro caracolean día y noche sobre soberbios
caballos. Uno acaba ebrio de colores, de ruidos, de olores.
Rajastán cautiva los sentidos.
Esta región es tambien la India romántica
y fastuosa de los maharajás. La desaparición del Imperio
británico en 1947 puso fin al reino de estos príncipes de
las mil y una noches, pero sus palacios, sus tesoros y sus tradiciones
se conservan. Todavía pueden verse desfiles de elefantes encaparazonados
de oro y plata, montados por jinetes dignos como reyes, seguidos de dromedarios
y de caballos fastuosamente enjaezados. Es tierra de antiguos señores
feudales, la región más espectacular del subcontinente,
etapa indispensable para todo el que quiera entrar en contacto con el mundo
de la India. En lo alto de cimas inaccesibles, hay fuertes en cuyas
piedras resuena todavía el eco de feroces combates. Hay palacios
de ensueño que parecen sacados de libros antiguos ; por toda la
región quedan vestigios de un pasado glorioso del que los rajastaníes
se sienten todavía orgullosos. Campesinos y pastores, con
turbantes que son como manchas de color amarillo, rojo, malva, rosa, caminan
entre el polvo ocre que levantan sus rebaños. Las mujeres van vestidas
con saris en los mismos tonos, algunos bordados de hilo de oro ; lucen
joyas de plata vieja y piedras semi-preciosas. No es de extrañar
que Rajastán sea el primer destino turístico de la India,
y no solo por su deslumbrante belleza. Las posibilidades de alojamiento
son muy variadas, desde los suntuosos palacios convertidos en hoteles (tipo
Paradores) hasta mansiones familiares donde la tradicional hospitalidad
de los Rajputs se expresa de manera más íntima y cálida.
Rajastán está atravesado en diagonal por
la cordillera de los Arawalli, cuya cumbre más alta es el Monte
Abu, que culmina a 1770 metros. Hacia el oeste se extiende una zona
de estepas áridas, el Marwar, que se prolonga hasta la frontera
pakistaní por el desierto del Thar, conocido como el Pais de la
Muerte. Es la zona de las caravanas que enriquecían a los
comerciantes de Jaisalmer, Bikaner y Jodhpur. Es una tierra árida,
pero llena de encanto. Estuvimos acampandos en el desierto, a cuatro
horas de Jodhpur, en lo alto de una duna desde donde se divisiba el pais
de los Bishnois, una auténtica revelación, lejos de las rutas
trilladas por los turistas. Si la mayoría son cultivadores
y ganaderos, su peculiaridad se basa en el respeto de 29 reglas de vida
(bishnoi significa 29), consignadas en un libro por su maestro espiritual,
Jambhoji, en el siglo XVI. La regla 22 dice : ‘llegado el caso, un
bishnoi tiene que ofrecer el sacrificio de su vida para proteger
a los animales y a los árboles’. Esta población era
una casta baja que se rebeló contra el Maharajá de Jodhpur
cuando este ordenó talar un immenso bosque de su propiedad.
Los bishnoi iniciaron una rebelión pacífica, cuya acción
más famosa fue la de atarse a los árboles para impedir la
tala. A muchos les costó la muerte. La leyenda dice que el
Maharajá, al enterarse, mandó detener la tala y fue en persona
a pedir disculpas a los demás.
Los bishnois representan algo casi único en el
mundo, un movimiento de defensa del medio ambiente surgido de una rebelión
popular. Al salvar el bosque, los bishnois dejaron de ser intocables
; su victoria les granjeó el respeto de otras castas. Hemos
recorrido el desierto a bordo de vehículos todo terreno para visitar
las aldeas de este pueblo tan singular. Hoy son una comunidad rica
porque son propietarios de sus tierras desde que el Gobierno se las cedió
después de la independencia. La existencia de su libro santo,
el Sabat Whani, único entre las comunidades hindúes, da prioridad
a la preservación y la protección de la naturaleza, de manera
que es habitual ver antílopes pastando apaciblemente en los alrededores
de una casa bishnoi. Entre las 29 reglas, muchas tienen que
ver con la higiene personal, de manera que los Bishnois son el pueblo más
limpio de la India. Beben agua filtrada para evitar tragar insectos,
no cortan árboles vivos ni matan animales bajo ninguna circunstancia
(la castración está prohibida, no tienen bueyes). Los
hombres visten de blanco, permiten que las mujeres se divorcien y se vuelvan
a casar, disponen de una caja común para financiar sus propias escuelas,
asumen el cuidado de sus minusválidos. Son vegetarianos
y no fuman, el único vicio que se permiten es el consumo de pasta
de opio mezclada con agua, lo que constituye un relajante más que
un alucinógeno. Charlando con ellos en el patio de adode de
sus casas, tenía la impresión de encontrarme en la cumbre
de la civilización, con C mayúscula. Allí había
hombres, mujeres y niños viviendo en perfecta armonía con
su entorno. Un grupo de gente que ha desterrado la violencia, y que
se ha organizado alrededor de unos principios tan sencillos como poderosos.
Sus casas son el reflejo de esa armonía : son de adobe de estiércol
(un insecticida natural), limpísimas, con dibujos en las paredes,
habitaciones redondas alrededor de un patio donde juegan los niños
y picotean las gallinas. El agua se conserva fresca en botijos de
tierra. El aire es seco, huele a humo, al sudor de los animales y a las
especies que usan las mujeres para sazonar los guisos.
El desierto de Thar llega hasta la misma ciudad de Jodhpur,
como si la arena lamiese las murallas de su fortaleza. Es una ciudad
color añil dominada por un impresionante palacio fortificado, símbolo
del poderío de sus príncipes, (excelentes jinetes que dejaron
al mundo su pantalón, el famoso jodhpur). El fuerte es todavía
propiedad del Maharajá, que lo ha transformado en un gran museo
compuesto de varios palacios, repletos de esculturas, de pasillos interminables,
de curiosas perspectivas que dan a patios secretos. La visita es
un viaje a la India de leyenda, al corazón de una civilización
que llevó el arte de vivir a altísimas cotas de refinamiento.
La colección de palanquines reales es sorprendente, como lo es tambien
la sala donde están expuestas las cunas mecedoras y las monturas
de elefantes. Desde las murallas sube el murmullo de la ciudad vieja,
del mercado donde se codean todos los oficios de la India : vendedores
de ropa usada, dentistas ambulantes, campesinos en cuclillas junto a sus
puestos de verduras, sastres, herreros, carpinteros, joyeros... Hay
un mercado de especies que no ha debido cambiar mucho desde el siglo XII
: montones de esencias de todos los colores –polvo de azafrán ocre,
de cúrcuma amarillo, de chile molido rojo- entre los que pasean
cabras, vacas y camellos. Jodhpur es de cuento. Como
lo es tambien el hotel cuya excéntrica silueta aparece en la lejanía.
El Umaid Bhavan fue el último sueño del último maharajá,
un palacio extravagante construido en los años treinta por un hombre
que no supo adivinar que los tiempos estaban a punto de cambiar.
Conviene ir a la terraza del hotel a contemplar el atardecer sobre el fuerte
y la ciudad, y tomar algo mientras una orquesta de música clásica
india, en el cespéd y entre buganvillas, desgrana melancólicamente
una raga o un ghazal.
En la punta meridional de los montes Aravalli, no muy
lejos de Jodhpur, una carretera serpentea durante 20 km por la ladera del
monte Abu, en cuya cima se encuentran bellísimos santuarios jainistas.
El jainismo es una religión que cuenta en la India con unos 7 millones
de fieles y que nació casi al mismo tiempo que el budismo.
La carretera atraviesa bosques de bambúes, de mangos, de palmeras.
Los monos, sentados al borde del asfalto, parecen observar con interés
la circulación de los numerosos vehículos que suben o bajan.
Monte Abu es tambien un lugar de vacaciones ; la altura permite huir del
calor a veces infernal de la llanura. Arriba, los cinco templos que
componen el conjunto de Delwara son auténticas maravillas de mármol
labrado tan finamente como el encaje, con estatuas que representan lo mejor
del arte jainista. Es un trabajo que los mecenas del siglo XI supieron
obtener de sus artesanos retribuyéndoles en función del peso
del polvo que extraían del mármol. La leyenda
cuenta que fue en el Monte Abu donde, hacia el siglo VIII, se oyó
hablar por primera vez de los Rajput, estos ‘hijos de reyes’ que acabarían
dando su nombre a la región. Esta sociedad aristocrática
y guerrera apareció en la escena de la historia cuando el Islam
llegó a la India. Los rajput han sido los defensores de la
fe hindú contra los mogoles musulmanes. Su leyenda se forjó
alrededor de héroes guerreros y de un indefectible código
de honor. Fueron sus reyes quienes erigieron estos grandiosos e inexpugnables
fuertes que siembran el paisaje de Rajastán. Dentro de estos
fuertes, como en el de Jodhpur, levantaban palacios de inimaginable exquisitez
para sus cortesanos y sus mujeres, que a su vez se dedicaban al mecenazgo
de los artesanos de la ciudad. Los rajput tenían fama
de vivir con pasión. Eran estetas y ningún detalle,
por pequeño que fuese, escapaba a su atención : desde los
vestidos o las joyas hasta los palacios, la música o el baile, desde
las cortes conocidas como durbars donde la justicia se impartía
con inusitada rapidez, hasta la celebración de festivales que eran
al mismo tiempo fiestas populares y espectáculos religiosos.
La tragedia de los rajputs es que acabaron sucumbiendo ante la invasión
de los mogoles musulmanes.
Los muros derruidos de Chittogarh –el fuerte de Chittor,
una masa sombría que se alza en medio de una llanura- hablan de
coraje y de muerte. Aquí se lanzaron a la hoguera las
mujeres de los militares rajputs que no pudieron contener el ataque de
los mogoles. Al cometer el ritual del sati, por el cual una mujer
hindú se lanza a la pira funeraria de su marido en señal
de duelo, se convirtieron en héroes populares. En un pais
tan apegado a sus tradiciones, el ritual todavía subsiste en las
aldeas, aunque está prohibido por ley. El día que visité
Chittogarh coincidí con un centenar de alumnas de un colegio femenino.
Entre los vestigios del palacio, mientras contemplaban el escenario de
este martirio lejano, hoy descuidado y silencioso, las niñas no
conseguían disimular su emoción, y algunas hasta lloraban.
Si el monumental Chittorgah impresiona por el aspecto
trágico que evocan sus ruinas, Udaipur, 116 km al oeste, es una
de las ciudades mas fascinantes –y más románticas- de la
India. Es de esos lugares donde uno no se cansa nunca de regresar.
Después de recorrer tierras áridas, Udaipur surge como una
joya centelleante, con fondo de colinas recubiertas de vegetación,
árboles frondosos de largas hojas verdes, lagos cercenados por diques
de mármol, palacios blancos que se reflejan en las aguas turquesa
y esmeralda. Aquí no existe una plaza fortificada que evoque
un pasado guerrero, sino los mas refinados palacios, entre los que destaca
el “ City Palace ” que mide cerca de 500 metros de longitud y cuyo interior
forma un immenso dédalo de salones, de escaleras, de patios, de
jardines y de azoteas. Una parte alberga un museo excepcional, otra
la ocupa la familia del actual Maharajá (que aquí lleva el
título de Maharana), y la tercera ha sido transformada en un maravilloso
hotel, el Fateh Prakash. Decorado con muebles antiguos, ha conservado
todo el sabor del palacio que antaño fue. Desde las habitaciones
que dan al lago Pichola, tumbado en la cama, se puede ver el antiguo palacio
de verano de la familia real, otro edificio de ensueño, blanco,
una isla en medio del lago. Hoy es el hotel más conocido de
Asia, el “ Lake Palace ”. Se accede a él desde el muelle del
palacio, en barcas que están todo el día yendo y viniendo.
Como en otras partes de la India, aquí el Marahana Arvind Singh
Mewar lucha por convertir la suntuosidad de sus antepasados en un negocio
moderno y rentable. No es fácil porque los edificios son vetustos,
enormes, llenos de recovecos y de objetos que necesitan atención,
reparaciones constantes y frecuentes inyecciones de capital. Todos
estos reyes sin reino desde que en 1971 Indira Gandhi les despojó
de sus privilegios, se han tenido que convertir en hombres de negocio,
ellos que consideraban el dinero como una vulgaridad. Están
todos en la misma situación , intentando sacar rentabilidad a su
pasado gracias a la industria turística. Pugnan por no tener
que venderlo todo a una cadena hotelera internacional o a un grupo financiero
indio. Saben que ellos son los mejores garantes de la tradición.
¿Quienes mejor que ellos van a cuidar de los tesoros acumulados
por sus antepasados ? Y son tesoros que harían palidecer de
envidia a muchos museos occidentales. En una parte del hall del hotel
Fateh Prakash, el maharana ha montado el “ museo de cristal ”, una soberbia
colección de vajillas antiguas y de objetos de cristal tallado importados
de Europa a principios del siglo pasado. Del parque automovilístico
de su abuelo sólo le quedan tres Rolls Royce, dos mercedes 1930,
un Oldsmobile descapotable, un Bugatti, un Daimler, dos MGA rojos y varios
Morris que un mecánico se afana en reparar porque van a formar parte
de un nuevo museo del automóvil en la ciudad, lo que supondrá
otra fuente de ingresos para las arcas exhaustas de este rey sin trono.
Udaipur no es solamente sus palacios ; la ciudad vieja
es muy india, con sus callejuelas polvorientas, sus templos fastuosos,
sus casitas encaladas con el umbral pintado de añil, sus arcos moriscos,
sus porches con la arquitectura de estalactitas típica de los templos
hindúes, sus plazoletas deslumbrantes de color, donde corretean
niños semi-desnudos, los destellos en las ánforas de bronce
y de latón que las mujeres llevan en sus cabezas, los camellos que
te impiden pasar por las calles estrechas... La modernidad tambien
ha llegado al corazón de esta casbah medieval : proliferan los rótulos
“ e-mail ” o “ internet cafe ”. Son una simple habitación
a pie de calle donde por supuesto te traen un té nada más
sentarte frente al ordenador. Conectarse con el mundo entero desde
estas callejuelas que huelen a plasta de vaca, a azafrán y a comino
produce cierta sensación de placer. Mientras contestaba a
mi correo electrónico, se oscureció la pantalla por la sombra
de dos enormes elefantes que pasaron en ese momento por la callejuela.
Era fantástico : dos milenios de distancia separaban el ordenador
de los elefantes, y sin embargo allí estábamos, a dos metros
los unos de los otros –y funcionando. Es la magia de la India.
Después de tanta ciudad blanca, después
de cruzar un campo desértico hacia el norte, se llega a la ciudad
rosa, la capital del estado, Jaipur. En 1670, el Marajá Jai
Singh II, abandonó la antigua capital de Amber y mandó
al pueblo construir una ciudad nueva, una ciudad que había vislumbrado
en sus sueños de opio, en los cuentos persas o en las leyendas védicas.
Es una ciudad nacida del capricho de un individuo, como si hubiera encargado
un traje, una joya o un turbante. El maharajá confió
los planos de la nueva ciudad a un sacerdote bengalí que conocía
todos los secretos de la arquitectura sagrada. Así, la ciudad
se dividió en nueve barrios, número tradicional de la astronomía
hindú. El pueblo se puso manos a la obra y Jaipur surgió
como por encanto, grande y espaciosa, con avenidas largas y rectas, algo
inhabitual en la India. En seguida suscitó la admiración
de los europeos que la descubrían, y eso que todavía no era
‘la ciudad rosa’ de los folletos turísticos. Fue pintada de
su famoso color en 1876, para celebrar la visita del príncipe de
Gales. Hoy todo sigue siendo color rosa: las casas, los arcos, las
cúpulas,
los minaretes de las mezquitas. Era una ciudad maravillosa,
la quintaesencia de oriente. Hasta hace muy poco tiempo, -y todavía
de vez en cuando- se ven por las calles elefantes nupciales enjaezados
de rojo y oro ; camellos con tatuajes negros de henna , el cuello estirado
como el de los pollos desplumados ; burros grises con ojos color rosa,
caballos de todo tipo, sobre todo yeguas blancas que sirven para las procesiones
nupciales, montadas por jinetes que parecen héroes de cine o figurantes
de opereta. En las abigarradas calles, desfila un flujo incesante
de hombres y mujeres, príncipes y mendigos, vestidos de seda o en
harapos, todos exhibiendo turbantes, saris y trajes que forman un auténtico
festival de colorido, como si el pueblo tomase así su revancha sobre
el único color impuesto por el maharajá del siglo pasado.
Pero Jaipur es una ciudad que cambia a velocidad de vértigo.
En los diez últimos años, el aumento del tráfico rodado
ha transformado la fisionomía, y sobre todo ha alterado su ambiente.
Se ven muchos menos animales que antes, la contaminación está
a la altura de las grandes metrópolis indias. Ya no es esa
ciudad casi rural cuyo ritmo latía al son de otra época.
Jaipur es una ciudad de dos millones de habitantes, próspera capital
de un estado de 54 millones de personas. Sigue considerada como la
capital mundial de las joyas y de las piedras preciosas, con cerca de 40.000
talladores de piedras. Y tiene una vitalidad desbordante. En la calle
de los canteros, en el bazar de los tejidos y en el mercado de las flores,
multitud de pequeños artesanos fabrican de todo, desde juguetes
de madera hasta piezas para la industria aeronáutica.
Hay mucho que ver, desde el observatorio astronómico fundado por
un maharajá enamorado de las estrellas y que dio a la ciencia una
contribución reconocida por las sociedades occidentales, hasta el
Palacio de los Vientos, una intrigante fantasía arquitectural que
permitía a las mujeres contemplar el espectáculo de la calle
sin ser vistas ; desde el Museo del “ City Palace ”, palacio del actual
maharajá que ocupa una séptima parte de la ciudad del
XVIII hasta el fuerte de Amber, a ocho km de la ciudad, donde existe el
único parking de elefantes que he visto en el mundo.
Jaipur es tambien conocida en la india como la
ciudad de la medicina. Nueve mil médicos viven alrededor del enorme
hospital Sawai Mansigh, que forma el núcleo central de un complejo
que comprende una facultad de medicina, una de farmacia, varias bibliotecas
y hasta una oficina de correos propia. Una experiencia inolvidable
es visitar el hospital a las nueve de la mañana, en pleno barullo.
Parece que hubieran millones de personas pululando por los pasillos sucios
y escuálidos del hospital. Es una visión de otro mundo,
de ese tercer mundo del que tanto se habla y que los viajeros apenas ven.
No se puede olvidar que Rajastán es uno de los estados menos industrializados
de la India, con una carencia crónica de energía eléctrica,
y con una tasa de alfabetización del 38%, penúltimo puesto
entre los estados de la Unión. En el fondo del hospital,
como un símbolo de la lucha contra la pobreza y la marginación,
está el taller de ‘Pies de Jaipur’. Fundado por un médico
que pasó cuarenta años de su vida profesional intentando
ayudar a que sus pacientes, en su mayoría pobres minusválidos
de zonas rurales, volviesen a caminar, este taller fabrica la prótesis
mas barata del mundo, ‘el pie de los pobres’. Su inventor es el Dr
Sethi, vive a tres cuadras del hospital y siempre que voy a Jaipur voy
a visitarle. Gracias a su ingenio y a su tenacidad, y gracias tambien
al talento de los artesanos de Jaipur que aceptaron colaborar con él,
hoy en día hay cientos de miles de pobres de Asia y Africa que se
tienen en pie. La revista Time eligió a Sethi como uno de
los héroes de la medicina del siglo XX. El viejo doctor conoce
a fondo los problemas de su pais. Cuando le vimos en el mes de diciembre
1999, estaba preocupado. Nos dijo que llegan a su consulta decenas
de niños que han sido vacunados de polio, y que sin embargo han
desarrollado la enfermedad. Resulta que la campaña de vacunación
masiva impulsada por el Gobierno y la OMS no ha funcionado. Estaba
basada en la vacunación por vía oral, para lo cual es imprescindible
mantener la cadena del frío, y eso ha sido imposible en la India
donde no existen las infraestructuras necesarias. Resultado : la vacuna
ha sido ineficaz. La polio sigue haciendo estragos en la India.
Pero Sethi tenía tambien buenas noticias aquel
día. Ha conseguido que una empresa del Estado de Kerala fabrique
‘Pies de Jaipur’ de manera industrial y masiva, para mandarlos a los talleres
repartidos por el mundo : Afganistan, Camboya, Angola, Nicaragua etc ...
Es un proyecto sin ánimo de lucro que ha sido promovido y financiado
por una organización humanitaria española, la Fundación
Heres de Barcelona. Serio, amable y brillante, a sus casi ochenta
años el Dr Sethi sigue trabajando incansablemente. La India
produce este tipo de personajes, mas grandes que la vida misma –Gandhi
era uno de ellos. Esta es seguramente la mayor riqueza del pais.
El contraste entre el hospital público de Jaipur
y el Rajastán Polo Club no puede ser más crudo. En
una tarde soleada, fuimos invitados a asistir a un partido de polo en elefante,
y a otro de polo a caballo, los deportes favoritos de la aristocracia india.
La frase de Kipling
“ Dios creó a los maharajás para dar un
espectáculo al mundo ” sigue tan vigente como antaño en el
césped del club mas selecto de Jaipur. El maharajá
Bawani Singh no llevaba turbante, iba vestido con blazer y zapatos de Gucci,
daba órdenes por un walkie-talkie para que no se retrasase el partido.
Y es que la mayoría del público había pagado una substanciosa
suma para contagiarse, aunque sea durante un par de horas solamente, de
las glorias del pasado. Una orquesta de gaitas escocesas formada
por músicos tocados de elegantes turbantes inauguró el partido.
No faltó brillo, ni fasto ni emoción en este ‘revival’ de
una época que ya no volverá.
El Rajastán es todo esto -y mucho más.
El este de los montes Aravalli, protegido de las tormentas de arena por
las montañas, es la parte más fertil. Para los amantes
de la naturaleza, el Parque Nacional de Ranthambor, creado en 1955 en una
zona semi selvática para proteger la supervivencia del tigre, es
un lugar que tambien parece fuera de este mundo. Una immensa fortaleza
rajput, en cuyo interior hay templos en ruinas, palacios y cenotafios
aprisionados por raices de ceibas gigantescas, domina el parque desde lo
alto de un promontorio. Parece que en cada momento va a surgir
Indiana Jones entre la maleza. Abajo, entre colinas cubiertas de
vegetación y lagunas de aguas plateadas, se pueden ver ciervos,
antilopes, osos, chacales, cervídeos, jabalíes y, si hay
suerte, algún tigre al amanecer.
La meca de muchos viajeros es el extremo oeste de Rajastán,
Jaisalmer, la ciudad que prosperó por encontrarse en la ruta de
las caravanas. Tiene el encanto de las ciudades del desierto, y además
suntuosas havelis, ricas casas de familia con balcones y miradores de madera
labrada que son el orgullo del oeste de la india. A mi parecer hay
demasiados turistas, pero es fácil escapar del bullicio y perderse
en el desierto unos días, en camello, y pasar las noches bajo el
cielo estrellado, escuchando música y disfrutando de las danzas
tradicionales de los pueblos de Thar.
Cerca de Bikaner, hay templos llenos de ratas que trepan
a los hombros de los sacerdotes y corretean entre los pies de los visitantes,
otros en cuyos bajorrelieves están esculpidas escenas eróticas
de un realismo sorprendente ; hacia el este está la espléndida
ciudad abandonada de Fatepur Sikri. Por todo Rajastán,
donde dicen que hay tantos dioses como leyendas, hay celebraciones
a lo largo del año. Rajastán es una caja llena
de sorpresas, es una fiesta continua para los sentidos. Y es
tambien la mejor manera de hacer saltar por los aires los prejuicios que
muchos occidentales tienen sobre la India. Porque Rajastán es sobre
todo su gente : hombres, mujeres y niños cuya dignidad y generosidad
no cesan de sorprender. Me acuerdo de un mendigo en harapos, tirado
en una callejuela de Jaipur, muerto de hambre. Le compré un
samosa (una empanadilla) y se la di. El hombre me dio las gracias
sonriendo, partió la samosa con sus manos y ofreció la mitad
a un perro sarnoso que hurgaba en las basuras. Eso es la India, una
lección perpetua. Un pais que consigue cambiar a los que lo conocen.
Y el Rajastán, su mejor puerto de arribada.