Royal Orient

 
 
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ROYAL ORIENT – DIARIO DE VIAJE

             por Javier Moro
 
Miércoles 15 de diciembre de 1999 :

Hoy salimos en el Royal Orient, el tren de los maharajás : 14 vagones de puro lujo, tirados por una locomotora a vapor, nos esperan al fotógrafo Angel López Soto (LS) y a mi en Delhi Cantonment, una antigua estación militar situada al sur de la ciudad.  Cada vagón lleva el nombre de uno de los lugares que vamos a visitar, lugares exóticos que hacen soñar : Udaipur, Modhera, Palitana, Diu...  Detrás de las cortinillas recogidas a cada lado por cuerdas doradas, vislumbro un mundo de terciopelo y maderas labradas poblado de camareros enturbanados que parecen príncipes.   

Son las tres de la tarde.  Nos instalamos –o mejor dicho nos instalan- en nuestro compartimiento : dos camas confortables recubiertas de colchas con motivos tribales, moqueta roja, lamparitas de bronce para leer tumbado, agua mineral, un ramo de nardos en la mesilla de noche...  Mister Thapa, nuestro ‘attendant’, es nepalí, muy solícito, discreto, regordete.  Mister Thapa dice que está a nuestro servicio las 24 horas del día.  Basta con pulsar un botón para llamarle.   ¿Deseamos un té ? ¿Un refresco ? ¿Un whisky ? ...  El bar abre a las seis, pero nada es imposible en el Royal Orient.  Soto y yo tenemos hambre, y pronto nos encontramos comiendo en nuestro salón particular mientras desfila el paisaje de chabolas de los suburbios de Delhi : cabañas de cartón y de barro, mujeres en cuclillas, niños en harapos, cerditos hurgando en montones de basura. El sandwich se nos atrangata un poco.    

El tren entero es para nosotros.  Sólo somos seis pasajeros en total, una familia de sudafricanos con dos niños, y nosotros.  El padre de familia se llama Kiran, es un afamado abogado de Johanesburgo de origen indio.  El y su mujer dicen que no les gusta la India, que han venido para presentar a sus hijos a los familiares que todavía tienen en Gujarat, pero que hubieran preferido ir a cualquier otro lugar, a España por ejemplo.  Es curioso : Kiran es físicamente indio pero occidental hasta la médula.  Dicen que les repugna la miseria que han visto en Bombay. ¿Y a quien no ?  En la India lo atroz se mezcla con lo sublime, pero la belleza acaba por imponerse.  
Hay pocos pasajeros porque el milenio y el miedo al efecto 2000 han ahuyentado al turismo.  En un país donde la gente viaja hasta en el techo de los vagones, disponer de tanto espacio tiene algo de immoral.  Un puñado de occidentales de viaje por el tercer mundo, bien protegidos del exterior, es como una metáfora del mundo en que vivimos.  En realidad son dos mundos que cohabitan en un mismo planeta, pero cada vez mas alejados el uno del otro.  
 

Jueves 16 de diciembre de 1999 :

Después de una tarde tirados en la cama, descansando, leyendo y descubriendo el paisaje semi-desértico de Rajastán, después de una opípara cena servida por una nube de camareros en un vagón con incrustaciones de nácar en las paredes de teca, después de un sueño reparador mecidos por el traqueteo del tren, a las cinco de la mañana nos despide Míster Thapa en una estación desierta, dándonos una bolsa con galletas y agua mineral.  Mister Thapa es como una madre.  
El Royal Orient suele circular de noche, para que los pasajeros puedan visitar los lugares monumentales durante el día.  Hoy estamos en Chittogarh, las ruinas de una ciudad fortificada que en si mismas simbolizan toda la historia trágica de la India.  Este fue el último reducto hindú antes de caer en manos de los invasores mogoles musulmanes.  El islam y el hinduismo: dos visiones de la vida opuestas e irreconciliables. Enzarzadas en un eterno conflicto, los herederos de los que lucharon aqui en Chittogarh pueden llevar al mundo a una guerra nuclear.  La partición entre Pakistán y la India es como el lógico desenlace de esa desavenencia primitiva, que estos días cobra actualidad con el secuestro del avión de Indian Airlines desvíado a Afganistán.  Es curioso como en el arte, esta mezcla de culturas ha producido maravillas, la más conocida sin duda el Taj Mahal.  Aquí en Chittorgarh hay templos, palacios, santuarios con bajorrelieves que representan flores de loto y apsaras, esas graciosas figuras míticas femeninas, mitad diosas mitad bailarinas.  Y todo entre jardines llenos de buganvillas, de mimosas, de tamarindos.  Una pena tener que volver al tren, porque tanto LS como yo nos hubiéramos quedado todo el día deambulando entre este impresionante conjunto de ruinas.  
 

Viernes 17 de diciembre de 1999 :

El avión es para ir de un lugar a otro ; el tren, para viajar.  No hay mejor puesto de observación para descubrir el mundo que un vagón de tren. Y cuando el tren es como este, el placer es total.  Pasamos por estaciones que no han cambiado desde que se fueron los ingleses, cruzamos aldeas medievales, campos arados por parejas de bueyes. Brilla la piel negra de los búfalos tumbados a la sombra de las ceibas.  Los monos miran el tren que serpentea por las colinas con aire circunspecto, como si fuesen inspectores de ferrocarril.
Llegamos a Udaipur.  LS y yo hemos estado aquí varias veces, y decidimos no visitar de nuevo sus fabulosos museos, los templos de la ciudad vieja, o los soberbios jardines con estanques cubiertos de flores de loto.  Preferimos entrevistar al Maharajá Arvind Singh Mewar, pero en palacio nos dicen que está de viaje. Su secretaria es una inglesa muy guapa y elegante, Sabina Bailey, que nos invita a comer a orillas de la piscina en los jardines de una parte del palacio convertida hoy en el hotel Fateh Prakash, que es como un parador de lujo que ha conservado todo el sabor de la India imperial.  Hablamos de los turistas que han anulado sus reservas para el fin de año, dejando los hoteles del maharajá medio vacíos. Sabina nos comenta la dificultad creciente que tienen los príncipes de la India para mantener sus antiguos palacios en condiciones. Recrear el pasado cuesta muy caro. Es posible que estos maravillosos hoteles dejen un día de existir... 
En Udaipur, el aire es cristalino, debido a la altura. Hace un día sublime, y por la tarde recorremos en barca el lago Pichola: las lavanderas azotan la ropa en los ghats del templo, esas escaleras que se adentran en el agua, los pescadores lanzan sus redes al sol poniente, las aguas se reflejan en los muros carcomidos por la humedad de los antiguos palacios ... 
 

Sábado 18 de diciembre de 1999 :

Nos despertamos en el estado de Gujarat, después de una noche muertos de frío por el aire acondicionado. Mister Thapa nos prometió apagarlo, pero no lo hizo.  Dice que es necesario que el aire del vagón circule.  No entiende que no nos guste el aire acondicionado : para él, es un gran invento moderno.  
En Modhera, visitamos el pozo del la Reina Rani y el templo del Sol, en cuyos recovecos arrullan las palomas. Sus esculturas y bajorrelieves que cuentan episodios del Mahabharata y del Ramayana, toda la mitología india, son una belleza. Me recuerdan a Angkor, en Camboya.  Estos templos son lugares de serenidad, visitados por gente que busca huir del caos de la vida cotidiana.   
Un caos en el que nos vemos envueltos nada mas llegar a Ahmedabad, la ciudad que llamaban el ‘Manchester indio’ por sus industrias textiles de las cuales hoy solo quedan las chimeneas de ladrillo. Gandhi fundó aquí su primer ashram desde donde lanzó su cruzada no violenta contra los ingleses.  En los jardines que dan al río, un grupo de niños indios, en uniforme de colegio, atiende una sesión de meditación.  Es la primera vez en mi vida que un montón de niños me transmiten paz y serenidad.  
La habitación de Gandhi ha sido conservada como entonces, con su rueca, su despachito y su cojín.  Una sencillez espartana.  La gesta de este hombrecillo medio desnudo que ha conseguido desde esta habitación movilizar a las masas indias, obtener la independencia y formar la mayor democracia del mundo, debería enseñarse en todos los colegios, porque eso sí que es patrimonio de la humanidad.  
Hay mucho que ver en Ahmedabad.  El casco viejo tiene sabor, y sus mezquitas y mausoleos son testigo de uno de los primeros intentos de fundir el arte hindú con el musulmán.  Pero el puntazo de esta ciudad es el museo de los textiles, homenaje a un arte en el cual la India ha destacado siempre. En una casa antigua, una de las familias de mas rancio abolengo de la ciudad, los Sarabhai, exponen su asombrosa colección de tapices de todas las regiones y de todas las épocas.  Hasta a LS, que no siente pasión alguna por las telas, le ha parecido una maravilla. 
Si hay un inconveniente en este viaje, es que vemos demasiadas cosas en demasiado poco tiempo.   Tambien es verdad que la India es inagotable. 
 

Domingo 19 de diciembre de 1999 :

Hoy LS y yo hemos hecho un descubrimiento.  Hemos amanecido en la estación del pueblo de Sasan Gir, en los confines del Gujarat ; había monos comiendo tortas de cebada a la sombra de buganvillas centenarios, y uno de ellos casi le birla el fotómetro a LS.   Sasan Gir es la base para visitar un parque natural donde viven los últimos especímenes de leones de la India, más pequeños y pálidos que sus hermanos africanos.  
Pero LS y yo preferimos dar un paseo por el pueblo.  En la escuela, nos fijamos en unos niños negros como el tizón, con rasgos típicamente africanos.  Al acabar la clase, les pedimos que nos lleven hasta sus casas y después de una larga caminata, nos encontramos en unas chozas de adobe, rodeados de sus familiares, todos negros. Negros africanos, pero de cultura india y de religión musulmana: hablan gujarati, los hombres visten con dhoti y las mujeres con sari.  Para saber más, vamos a ver al alcalde.  Nos cuenta que hay negros en toda la región y que son los herederos de unos esclavos que el Sultán de Junagadh compró a los ingleses en el siglo XVIII.  Ahora forman una casta baja, perfectamente integrada al resto de la sociedad local, aunque en sus celebraciones siguen bailando sus danzas tradicionales al son de tambores africanos.  Me gustaría enterarme de lo que ellos saben de sus orígenes, de su pasado, de su propia historia. ¡Como echo de menos un intérprete !  En la biblioteca del tren, busco afanosamente alguna referencia a estos naúfragos de la historia, pero no encuentro nada.  (De hecho, en Delhi seguí buscando información al respecto, en vano.)  Me gustaría volver con LS a hacerles un reportaje en profundidad.  La India es como la caverna de Ali Baba, llena de tesoros por descubrir. 
La tarde nos brinda otra revelación.  El tren nos deja en el punto mas al sur del Estado, frente a las costas del mar de Arabia.  De allí vamos a la isla de Diu.  Antiguo fuerte portugués, este es un lugar lleno de encanto. Hay playas oceánicas, chiringuitos de estilo latino, iglesias blancas coloniales ; existe la Pensao Sao Miguel y se comen camarones en los restaurantes del puerto.  Hay pocos turistas, y la vida es baratísima.   Llegamos a la hora en la que los pescadores regresan a puerto, todo un espectáculo de olores y colores.  De buena gana me quedaba cuatro o cinco días aquí, -pero hay que volver al tren.  El Royal Orient nos muestra lugares maravillosos, pero nos los quita de la boca antes siquiera de haber empezado a saborearlos.  Menos mal que Míster Thapa, siempre perfectamente ataviado con su turbante y su chaqueta larga, nos consuela con sus atenciones. 
 

Lunes 20 de diciembre de 1999 :

El clímax del viaje.  Palitana, el santuario que todo jainista espera visitar por lo menos una vez en la vida, es una pasada.  Para evitar el calor del día, al alba ascendemos junto a multitud de peregrinos los cuatro kilómetros de escalinatas que conducen a la cumbre.  Nos siguen unos porteadores con una silla para cada uno por si nos cansamos ; la India es todavía así.  A medida que ascendemos el panorama es magnífico, pero arriba nos quedamos estupefactos frente a esta auténtica ciudad de templos, llena de shikharas, torres medio ovales que se yerguen sobre capillas, en el fondo de las cuales brillan las luces de las divinidades.  Hay 863 santuarios, algunos pequeñisimos, otros imponentes como el templo de Adinath, el principal.  LS se vuelve loco haciendo fotos de los peregrinos jainistas, vestidos de blanco, que portan ofrendas de flores al altar principal.  Huele bien, le digo a un peregrino : “ Claro, este es un lugar santo ”, me responde.   Pero el origen del olor se encuentra en el piso de abajo, donde hay un almacén de pétalos de rosas.  Por 10 rupias, unos hombres venden a los peregrinos platos de pétalos, con azafrán y sándalo, lo que constituye la ‘puja’, la ofrenda.  Por todas partes, el aire está impregnado de una fragancia embriagadora. 
Este es un lugar para el recogimiento y la meditación, -y tambien para el barullo.  Los niños corretean entre las estatuas, las mujeres, exhaustas por la subida, charlan a la sombra de un santuario, los hombres se saludan, unos bromean y otros rezan.  Se respira tolerancia. Curiosa religión es esta, que nació en la misma época que el budismo, pero que sin embargo no se expandió por el mundo.  La gran mayoría de los jainistas está en la India, en la región de Bombay.  Su credo está basado en el culto a 24 divinidades y al respeto absoluto a todas las formas de vida. Son vegetarianos estrictos, y algunos fundamentalistas (hasta en las religiones mas tolerantes y abiertas hay fanáticos) llevan su creencia al paroxismo : avanzan barriendo el suelo por delante para no aplastar insectos.  Otros llevan máscaras para no tragárselos inadvertidamente.  Esto hace que los templos Jain sean lugares limpísimos. Se podría comer en el suelo de mármol de Palitana.  Los porteadores insisten en llevarnos durante la bajada, aunque sea para justificar su sueldo.  Da miedo, porque bajan a toda velocidad, y cualquier paso en falso que diese uno de ellos provocaría la caída de los demás.  Me cuentan que cobran 200 rupias al día (800 ptas) por este trabajo de porteador de peregrinos.  Sólo pueden realizar una subida al día y todos padecen problemas musculares y de articulaciones.  
Cena en Ahmedabad, en un restaurante gujarati de adobe.  Se come multitud de platos vegetarianos en hojas de plátano, en el suelo y con los dedos.  Todo se recicla, no se lavan cubiertos. Es realmente muy civilizado.  La cocina de Gujarat no tiene nada que ver con la de otras regiones de la India. Son platos agridulces, delicados.   

Martes 21 de diciembre de 1999 :

Ultimo día.  De camino a Jaipur, Mister Thapa nos da una lección de turbantes.  Si en principio el turbante se utiliza para protegerse del sol, ha llegado a convertirse en símbolo de honor : si se vuelca, indica un insulto ; si se pone a los pies de otro hombre, la rendición absoluta ; un intercambio de turbantes indica una relación de fraternidad ; y cuando un hombre lleva un turbante en sus manos a una mujer, le anuncia la muerte de su marido.  
Jaipur por la tarde.  Me gusta pasearme por el Lohari bazar, y por otras partes de la ciudad vieja que conozco bien por haberlas recorrido durante la investigación de ‘El pie de Jaipur’.   Es el último día de tren.  Mister Thapa nos pide que seamos puntuales a la hora del aperitivo de la cena.  A la siete, nos encontramos en el vagón-bar, todo de terciopelo rojo con paredes pintadas de negro e incrustadas de piedras semi-preciosas.  Kiran, el abogado y padre de familia sudafricano, parece haberse reconciliado con su pais de origen durante esta semana.  Me dice que ha aprendido a ver la India de otra manera ; ha descubierto que la mayoría de la gente es feliz con muy poca cosa y eso le parece admirable.  Ahora dice que quiere volver.  Tambien a nosotros nos apetece regresar a la mayoría de los sitios por donde hemos pasado.  Hemos visto tantas cosas tan rápidamente que todo se mezcla en la memoria.  Pero el verdadero lujo hoy en día no es tanto el confort como disponer de tiempo.  Mientras los camareros bailan con los niños al son de canciones indias, LS y yo nos tomamos la última copa en el vagón-bar.  La temperatura desciende ; un manto de niebla recubre los campos. Dentro de unas horas llegamos a Delhi.